El 9 de mayo de 1950, apenas cinco años después del fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa, Robert Schuman, ministro francés de Asuntos Exteriores, pronunciaba la declaración que sentaba las bases de la futura Unión Europea. El germen de este organismo supranacional era la CECA, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero que propugnaba la colaboración y la solidaridad entre naciones para alcanzar metas comunes. En este caso, la producción en conjunto de materias primas.
Por encima de los objetivos materiales, Schuman señalaba en su discurso que “la contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de unas relaciones pacíficas”, soñando con un organismo que fuese más allá de lo meramente comercial.
Vaticinaba el jefe de la diplomacia francesa que esa Unión en ciernes acabaría abarcando un ámbito más allá, tocando un legado cultural, un patrimonio social común: “Se llevará a cabo la fusión de intereses indispensables para la creación de una comunidad económica y se introducirá el fermento de una comunidad más amplia y más profunda entre países que durante tanto tiempo se han enfrentado en divisiones sangrientas”.
En su discurso, Schuman se refería concretamente a los enfrentamientos que se habían sucedido a lo largo de los dos siglos precedentes entre su país y Alemania, y que acabaron arrastrando al resto del continente. Si bien podría extrapolarse a otra rivalidades como la que mantuvieron entre sí a lo largo de la historia otras naciones como Inglaterra, Holanda, Rusia, Portugal o España.
El Duero como herramienta integradora
Aquella CECA fue la primera de una serie de instituciones supranacionales que se convertirían en lo que es hoy la Unión Europea y que, en la mayor parte de los casos, ha conseguido aliar a potencias secularmente rivales, restañando a base de cooperación y solidaridad unas fronteras que hasta no mucho tiempo atrás fueron una constante sangría continental.
El Duero fue una de aquellas fronteras que hoy, sin embargo, se está trabajando para convertirla, definitivamente, en una herramienta integradora en base a ese legado, ese patrimonio común a los dos países a los que en su día separaba y que sin embargo hoy tienden lazos a lo largo de su cauce.
Los fundamentos del proyecto Flumen Durius responden a ese deseo que el ministro francés plasmó en su discurso del 9 de mayo de 1950: “Europa (…) se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho. La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan”.




